martes, 11 de febrero de 2014

Anoche soñé con un Rey, eras vos.
Desperté atónita, pensé que habías enviado al cielo a verterse sobre mis deseos de estar acurrucada a la dulzura de tu cuerpo.
Era como si el caos hubiera obtenido sonido.
Nadie podía quitarme del adormecimiento fantasioso; tuve la pereza más deliciosa, deliciosa porque te deseaba y podía sentir tu piel erotizandome, tu voz en la lluvia suspirando por sexo, el vicio reflejandose en la contracción de mis músculos luchando por lo irresistible de tu aliento extasiado posandose en mis ventanas haciendolas empañar.

Ya no podía abrir mis ojos, no podía entregarme al esquema predecible de los días hábiles, olvidé la alarma, olvidé que era martes, olvidé que debía bañarme, olvidé la rutina; tan sólo pensé extender mi posición horizontal cinco minutos más...que se convirtieron en veinte, y transcurrieron como siete dias.
Y de repente, noche a lo lejos, noche de cerca, tus manos arropandome en la hora del ensueño, tus ojos vertiendo el amor del Universo en una caricia a mi frente, el augero del mundo, mi frente, la fisura donde no recuerdo en qué momento dejé de soñar, estimo es porque nunca ceso de hacerlo, soñar lo improbable y realizarme en la voluntad de los dias, moviendo la confianza de saberse.